La presión inflacionaria en México ya no se explica solo por alimentos sueltos o por movimientos estacionales. El costo de los energéticos volvió al centro del problema y el gobierno federal reconoció que el precio del diésel se mantiene en niveles altos pese a los alivios fiscales que ya reciben los distribuidores. La referencia pública colocó el litro alrededor de 28.50 pesos, un nivel especialmente sensible para transporte de carga y distribución.
El tema no es menor porque el diésel es uno de los principales insumos del movimiento de mercancías en el país. Cuando sube ese combustible, no se encarece solo el traslado de productos, también termina presionando alimentos, logística, seguros y fletes. En una economía donde una parte enorme del abasto depende del autotransporte, el efecto se transmite rápido al bolsillo de los hogares.
El propio dato de inflación confirma esa presión. El INEGI reportó una inflación anual de 4.63% en la primera quincena de marzo, impulsada entre otros factores por el aumento en productos básicos como limón, tomate y pollo. Esa combinación de alimentos más caros y energéticos elevados vuelve más pesada la carga para las familias, sobre todo para las de menores ingresos.
Frente a eso, el gobierno planteó revisar acciones adicionales. Entre ellas aparece la posibilidad de incorporar temporalmente ciertos productos al Paquete Contra la Inflación y la Carestía, además de impulsar incentivos fiscales para renovar parte del parque vehicular del transporte pesado. La apuesta parece doble, contener precios en el corto plazo y reducir costos operativos más adelante.
El problema de fondo, sin embargo, sigue siendo estructural. México mantiene una dependencia importante de energéticos importados y eso lo vuelve vulnerable a choques internacionales. Mientras el conflicto en Medio Oriente siga elevando el precio del petróleo y alterando mercados, contener el diésel será una tarea mucho más difícil aunque haya medidas fiscales o acuerdos sectoriales.
Esta noticia es relevante porque conecta dos angustias cotidianas del país, el precio del transporte y el precio de la comida. Si el gobierno logra moderar el costo del diésel, podría aliviar una parte de la presión inflacionaria. Si no lo consigue, el impacto se seguirá viendo en la mesa de los hogares y en el costo general de moverse, producir y distribuir.







