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El comercio exterior mexicano dio una señal de fuerza que contrasta con otras áreas de la economía. De acuerdo con cifras desestacionalizadas del INEGI, las exportaciones totales crecieron 15.8% anual en febrero, mientras las importaciones aumentaron 20.5%. Son ritmos que no se observaban desde hace varios años y que devuelven protagonismo al frente externo.
Las exportaciones alcanzaron 60 mil 066.7 millones de dólares, mientras las importaciones sumaron 61 mil 156.59 millones. Más allá del tamaño de las cifras, lo que importa es la velocidad del rebote. En un entorno internacional marcado por guerra, volatilidad energética y mercados más nerviosos, México logró mover mercancías a un ritmo muy superior al esperado.
Este desempeño tiene una lectura doble. Por un lado, refleja que el aparato productivo mexicano mantiene capacidad para responder a la demanda externa. Por otro, muestra que la economía sigue dependiendo de forma importante del dinamismo comercial para compensar un arranque interno menos sólido. Cuando el mercado nacional pierde velocidad, el comercio exterior se vuelve todavía más importante.
También hay que mirar el dato con cautela. Que las importaciones crezcan más que las exportaciones puede ser señal de mayor actividad, pero también implica que la presión externa sigue siendo alta y que muchas cadenas productivas en México continúan dependiendo de insumos del exterior. En un contexto global más caro y más inestable, eso puede convertirse en vulnerabilidad.
Aun con ese matiz, la noticia es positiva porque confirma que México conserva tracción en su sector exportador. Eso importa especialmente cuando el entorno internacional no está ayudando. Si el país logra sostener este ritmo, el comercio exterior puede convertirse en uno de los pocos motores claros del crecimiento durante el primer semestre de 2026.
En términos políticos y económicos, el mensaje es directo. México necesita crecimiento y el sector externo acaba de entregar una buena noticia en el momento adecuado. El reto ahora será que esta fuerza no sea flor de un mes, sino una tendencia capaz de sostener empleo, inversión y actividad productiva mientras la inflación y la incertidumbre siguen pesando sobre el resto de la economía.







