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martes 6 octubre, 2026
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Hablemos de salud mental… Infancia emocional: las heridas que crecen con nosotros

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Infancia emocional: las heridas que crecen con nosotros

Hablemos de salud mental…

En el marco del mes de abril, hay un tiempo que nos invita a ver con mayor sensibilidad la infancia y su importancia en la vida humana, hoy quiero abrir un espacio para reflexionar sobre la infancia emocional y las huellas que deja en nuestra vida diaria.

Pocas cosas influyen tanto en la vida adulta como aquello que aprendimos o no aprendimos en nuestra infancia emocional. No solo hablamos de la niñez como una etapa cronológica, sino como el lugar donde comenzaron a formarse nuestras primeras ideas sobre el amor, la seguridad, el miedo, el rechazo, la ternura, el abandono, el valor personal y la manera en que debíamos relacionarnos con el mundo.

Desde la psicología, sabemos que la infancia es una etapa decisiva para el desarrollo de la identidad, la autoestima, la regulación emocional y los vínculos afectivos. La manera en que fuimos vistos, escuchados, corregidos, acompañados o ignorados, esto influye profundamente en cómo hoy nos hablamos, en cómo reaccionamos ante el conflicto, en cómo enfrentamos el rechazo y en cómo aprendimos a sentirnos merecedores o no de amor, cuidado y respeto.

La infancia emocional no siempre deja huellas visibles. Muchas veces no se recuerda en escenas exactas, sino en sensaciones. En la dificultad para poner límites sin culpa. En el miedo a no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En la incapacidad de pedir ayuda. En la tendencia a callar lo que duele. En la costumbre de hacerse fuerte demasiado pronto…

“Pero hablar de infancia emocional no es hablar para culpar a los padres, ni para vivir atados al pasado. Es hablar para comprender. Porque solo aquello que se comprende se puede empezar a sanar”

Hay infancias donde hubo techo, comida, escuela y aparentemente “todo lo necesario”, pero faltó algo igual de importante: validación emocional. Faltó un espacio donde el niño pudiera sentirse seguro para llorar, preguntar, equivocarse, enojarse, expresar miedo o simplemente ser vulnerable sin sentirse una carga, o un problema. Y cuando eso falta, muchas personas crecen aprendiendo a esconder partes esenciales de sí mismas para poder ser aceptadas.

¿cuántas de mis reacciones actuales nacen realmente del presente y cuántas vienen de viejas heridas que aún no han encontrado consuelo?

A veces, la infancia emocional se refleja en adultos que se exigen demasiado, que se sienten responsables de todo, que no saben descansar sin culpa, que se angustian cuando alguien se aleja, que confunden amor con sacrificio o que siguen buscando, en cada vínculo, la aprobación que un día les hizo falta. Otras veces se manifiesta en personas aparentemente fuertes, resolutivas y funcionales, pero que por dentro siguen cargando una herida antigua: la de no haberse sentido suficientemente amadas, vistas, escuchadas o comprendidas.

Por eso, sanar la infancia emocional no es romantizar la vida adulta. Es hacer un acto profundamente valiente de conciencia. Es reconocer que quizá hoy seguimos reaccionando con las herramientas emocionales de una parte de nosotros que aún tiene miedo, que aún busca refugio, que aún necesita aprender y saber que ya no está sola.

Porque crecer no siempre significa sanar; Sanar no significa borrar el pasado, Significa dejar de vivir atados por él. Significa aprender a dar nombre a lo que sentimos, a validar lo que antes fue minimizado, a poner límites donde antes hubo invasión, a elegir vínculos más sanos, a tratarnos con la compasión que alguna vez nos hizo falta. Significa en muchas ocasiones, convertirnos en el adulto que necesitábamos cuando éramos niños.

 

Y no, este proceso no siempre es rápido ni cómodo. A veces implica dolor y sufrimiento. A veces implica aceptar que hubo carencias. A veces implica mirar con honestidad aquello que durante años tratamos de justificar o normalizar. Pero también implica algo profundamente esperanzador: la posibilidad de dejar de repetir heridas y comenzar a construir una vida más libre, más consciente y más amorosa.

La infancia emocional no termina cuando crecemos. Nos acompaña en silencio hasta que decidimos mirarla con verdad. Y quizá una de las transformaciones más profundas de la vida ocurra justo ahí: cuando dejamos de juzgar nuestras heridas y comenzamos a entenderlas; cuando dejamos de exigirnos dureza y empezamos a ofrecernos cuidado; cuando dejamos de sobrevivir y comenzamos, por fin, a habitar la vida con más calma, más dignidad y más amor.

Porque muchas veces, detrás del adulto que hoy lucha por no romperse, todavía hay un niño o una niña que solo necesitaba sentirse seguro para ser quien era.

Sanar la infancia emocional no cambia lo que vivimos, pero sí puede cambiar la forma en que dejamos de seguir sobreviviendo cada día. Porque cuando el dolor no se nombra, se repite; pero cuando se reconoce, puede comenzar a transformarse.

Esta columna está dedicada a todas las mujeres y hombres que crecieron aprendiendo a callar lo que sentían, que crecieron sintiendo más de lo que podían explicar, a quienes tuvieron que madurar demasiado pronto, hacerse fuertes demasiado rápido, pero que hoy comprenden que dejar de juzgarse por sus heridas los motiva a verse con mas verdad, mas compasión y más responsabilidad afectiva.

Psic. Yazmín Ch. Aguirre.

Un espacio donde no te juzgamos, te acompañamos.

Vivir sin rompernos.

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