El debate energético dio un giro inesperado cuando el gobierno reconoció una apertura hacia nuevas formas de fracturación para extraer gas. La justificación fue que existen métodos con menor impacto ambiental que podrían ayudar al país a producir más y depender menos del suministro externo.
El punto central de esta nueva postura está en la dependencia estructural del país. México consume alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural, pero una parte mayoritaria proviene del exterior. Según los datos difundidos esta semana, Pemex produce 2.3 mil millones y se importan 6.8 mil millones, una brecha que expone al país a shocks de precios, clima y conflictos internacionales.
La discusión no es menor porque durante años la oposición al fracking fue una bandera política. Ahora el mensaje cambió hacia una evaluación técnica de alternativas que usarían agua no potable y menos químicos, con una revisión que tomará cerca de dos meses. Ese ajuste abre una nueva etapa en la política energética mexicana, donde la urgencia por asegurar abasto parece pesar más que la postura ideológica previa.
El tema también toca el corazón de Pemex y de las cuencas con potencial de explotación. Las estimaciones oficiales colocan un volumen importante de recursos en zonas como Tampico Misantla, Sabinas Burro Picachos y Burgos. Si esa ruta se consolida, el país podría intentar fortalecer su producción doméstica justo cuando la volatilidad externa vuelve a castigar a los mercados energéticos.
Aun así, el cambio no resuelve el conflicto de fondo. La promesa de una extracción más limpia deberá sostenerse con evidencia técnica y con resultados medibles, porque la polémica ambiental no desaparece solo con un nuevo discurso. Lo que sí queda claro es que México entró otra vez en una fase de redefinición energética, y el gas se volvió una pieza central de esa estrategia.







